El amor es conocido por sus múltiples definiciones, lo cual me haría pensar que, a la par, no se puede nombrar del todo. Hablar de amor es entender que hay algo que no se observa completamente.

Pensar que el amor solo responde a esa emoción que nos une con los demás sería observar únicamente una pequeña parte de ello, pues pienso que este va más allá. Por ende, no podríamos responder la gran pregunta sin antes cuestionar ¿de dónde viene el amor?

Una de las definiciones de las que parto para pensar el amor es: “el encuentro de un objeto es, en realidad, un reencuentro” -Freud, 1905-. Es decir, que el objeto, en las primeras instancias de la vida ya se tuvo, pero se perdió. Esto causa entonces que el sujeto entre en una búsqueda constante, poniendo atributos de uno en alguien más, creando así un ideal.

Hablamos de que el amor es la búsqueda de un sujeto, lo que obliga a detenerse en las condiciones que lo caracterizan. Para ello, hay que diferenciar al sujeto del individuo: no hablamos simplemente de uno solo. El sujeto es aquello que se constituye en la red de significantes. Lo dicho por el sujeto no le pertenece completamente, sino que se encuentra atravesado por algo que ya ha sido dicho por alguien más. Es así como podemos comenzar a hablar del sujeto barrado, un sujeto marcado por una falta que no puede ser completamente colmada.

Con ello, podemos agregar un poco del estadio del espejo. El reconocimiento del propio cuerpo no es enteramente de la autoría del infante: hubo un Otro que lo nombró, lo señaló y le permitió reconocerse en aquello que decía de él. De forma superficial, podríamos resumirlo de la siguiente manera: el niño sabe que tiene una pierna porque hubo quien la tocó, la señaló y la nombró como tal. Así, incluso aquello que parece más propio —el cuerpo— se encuentra atravesado por el lenguaje y por la mirada del Otro.

Con ello, hablamos de que el sujeto y aquello que lo rodea comienza por un lugar: la mirada. Cuando es el Otro quien nos ve y nos nombra, da consistencia al discurso y al cuerpo, otorgándonos un lugar desde el cual podemos comenzar a reconocernos. ¿No podríamos pensar, entonces, que este es un primer acto de amor? Antes de amar, ¿no necesitamos acaso haber sido mirados, nombrados y reconocidos por alguien más?

Se puede sentir amor porque hubo quien nos vio, pero ¿qué vio? ¿Qué vimos nosotros en esa mirada? ¿Cómo la interpretamos? Abrimos así un discurso de amor centrado en la ilusión de cómo sentimos haber sido amados. No se trata únicamente de haber sido vistos, sino de aquello que creemos que el Otro vio en nosotros y del significado que le otorgamos a esa mirada.

Y es aquí donde nos encontramos frente a otra pérdida: no solo podemos perder al Otro, sino también aquello que creíamos que éramos para él.

La ilusión termina respondiendo a la unión: intenta bordear aquella falta que no se puede colmar, acercándonos a aquello que se espera poder reencontrar.

Pero, al estar hablando de una ilusión, encontramos otra parte: no se llega a aquello que se busca. Al final, la falta no podrá colmarse y el sujeto volverá a encontrarse con ella, haciendo frente así la destrucción y el dolor. No porque alguna vez haya dejado de existir la falta, sino porque el amor puede producir la ilusión de haberla suspendido, de haber encontrado en el Otro aquello que permitiría completarnos.

Amar es ponerse a merced de la devastación. Cuando se está dentro de la experiencia del amor hay un borramiento, algo que se desvanece y se pierde. En muchas ocasiones, aquello perdido es el propio sujeto, que fantasea con completar y completarse en el Otro. Pierde así la ilusión de que en algún momento estuvo completo.

Siendo así que Amar es dar lo que no se tiene a quien no es – Lacan 1960-1961.

Hablando así, el amor es devoción y destrucción, vida y muerte. Dos conceptos que, aunque pudieran parecer lejanos, no pueden existir uno sin el otro, pues no se puede crear sin antes haber destruido, sin haber perdido.

Lo curioso es que la destrucción es aquello que permite la creación. El sujeto busca porque algo perdió, y esa pérdida es la que le permite reencontrar. Y aunque la falta vuelva a aparecer, esta será también sinónimo de impulso: aquello que no se tiene es lo que permite seguir buscando. La pareja, en su misma construcción, pierde, se pierde, pero a la par encuentra y crea.

Tal vez el sentido no esté en intentar escapar del dolor, es en aceptar que este también forma parte de la creación. Y que, quizá, amar es hacer frente al dolor que se esconde en la creación.